Hola, y bienvenidos. Soy Maite Olabarri, nacida en un caserío del País Vasco, en una ladera verde donde llueve ciento y pico días al año y nadie se queja, porque de esa lluvia comemos todos. Mis plantas, como yo, están curtidas en agua y en viento norte. Este sitio es mi manera de seguir transmitiendo lo aprendido, desde el cuaderno de notas que nunca me abandona.
El caserío, antes que todo
Mi amona Begoña llevaba la huerta del caserío con la misma seriedad con la que otros llevan una oficina: las alubias a su poste, los puerros a su hilera, las hortensias custodiando la puerta como dos serenos. De cría, mi trabajo era ir detrás de ella con el cesto, callada, mirando. No enseñaba con discursos; enseñaba poniéndote la azada en la mano y corrigiéndote el gesto con dos dedos. Con ella aprendí lo primero que hay que saber aquí arriba: contra la lluvia no se pelea — se elige bien la planta, se drena bien la tierra, y se le dice gracias.
El caserío lo era todo: la cuadra abajo, la casa arriba, la huerta alrededor y el monte detrás. Cada cosa tenía su sitio y su época, y esa cuadrícula antigua es la que sigo usando yo para ordenar el año, por mucho calendario moderno que me regalen.
Cuarenta años de tierra empapada
Trabajé muchos años en un vivero del valle, primero de peona y al final llevando yo los semilleros. Allí aprendí lo que la huerta de casa no enseña: por qué se pudre un esqueje, cómo se lee una hoja amarilla, qué pide cada planta cuando el cielo da agua ocho meses seguidos. Cuando me jubilé, las manos me siguieron pidiendo tierra, así que volví al caserío, levanté los bancales de mi amona y me puse a escribir lo que nadie me escribió a mí.
Joxe, y la escuela del norte
Compartí la vida con Joxe durante treinta y siete años. Era de los de txapela calada y pocas palabras, pastor primero y hortelano después, y sabía mirar el monte como quien lee el periódico: niebla baja, mete las macetas; viento sur, prepara la regadera. Se me fue un otoño, sin avisar, recogiendo castañas en la ladera. Sus nogales siguen ahí, y cada año les hago yo la poda que él me enseñó, rama a rama, sin prisa.
De Joxe me queda la manía de apuntar el tiempo cada noche, cuarenta años de libretas con lluvias y heladas. No es ciencia de bata blanca; es ciencia de portal de caserío, que también vale: sé qué semana suele helar en mi valle y cuándo se puede adelantar el semillero. Pensad de ello lo que queráis — yo nada vendo, y todo lo comparto.
Lluvia, y los pequeños placeres
Hoy vivo en el caserío con un perro grandote que recogí una noche de tormenta y que se llama, claro, Euri — lluvia, en euskera. Escribo estos artículos al amanecer, con el fuego bajo encendido y las botas esperando junto a la puerta. Mis debilidades: el queso de oveja con membrillo, las alubias rojas de mi propia mata en cuanto llega octubre, y un vasito de txakoli en las tardes buenas, mirando cómo el sirimiri hace su trabajo mejor que cualquier riego.
Lo que encontraréis aquí
Cuidados y trucos contados sin adornos, como se cuentan en la puerta de la cuadra: fichas de plantas que aguantan agua, sombra y viento — hortensias, helechos, frutales de clima fresco, huerta atlántica —, soluciones para el exceso de lluvia y la falta de sol, el drenaje bien hecho, la maceta que sobrevive al invierno fuera. Trucos probados en mi propia ladera durante décadas, y, de vez en cuando, una historia del caserío que casi no tiene que ver con las plantas, pero que me hace ilusión contaros.
Si mis palabras os acompañan un poco en vuestro propio jardín, me daré por contenta. Y si queréis escribirme unas líneas, encontraréis todo lo necesario en la página de contacto. Os espero.
— Maite, desde su caserío del País Vasco