Un estanque pequeño, de un metro cuadrado o poco más, guarda en verano más vida de la que se ve desde la orilla. Las libélulas y los caballitos del diablo pasan allí abajo la mayor parte de su vida, y cuando salen al aire se convierten en los cazadores de mosquitos más hábiles que podéis tener en el jardín sin gastar un euro.
Son dos grupos tan parecidos que casi todo el mundo los confunde. Os explico cómo distinguirlos con un solo gesto, qué hacen bajo el agua y sobre ella, hasta dónde llega su fama de antimosquitos, cómo preparar una charca que los atraiga y qué cambia entre el norte húmedo y el sur seco.

Cómo distinguir una libélula de un caballito del diablo
Los dos pertenecen al mismo orden de insectos, los odonatos, y los dos comen mosquitos. La diferencia se ve en un segundo cuando el animal se posa. La libélula mantiene las alas abiertas hacia los lados, planas, como un avión. El caballito del diablo las pliega juntas sobre la espalda, como un libro cerrado. Hay alguna excepción, como los leste (género Lestes), que posan con las alas a medio abrir, así que fijaos también en el cuerpo.
El cuerpo confirma la regla. La libélula es más grande, más robusta y más rápida, con los ojos casi pegados en lo alto de la cabeza. El caballito es más fino, vuela con un aleteo flojo y tiene los ojos separados, uno a cada lado. En un mismo estanque podéis ver al emperador (Anax imperator), de casi 8 cm, y al dardo común (Ischnura elegans), de unos 3 cm, que parecen de familias distintas aunque hacen el mismo oficio.
También cazan de forma distinta. Los caballitos esperan posados en un tallo de junco y salen a por presas pequeñas, como jejenes y mosquitos diminutos. Las libélulas patrullan en vuelo y agarran la presa en el aire con las patas dobladas en forma de cesta. Su linaje tiene unos 300 millones de años, mucho más que los dinosaurios, y el diseño apenas ha necesitado cambiar.
Una vida larga bajo el agua y unas semanas en el aire

Los huevos los pone la hembra sobre el agua o dentro de los tallos de plantas acuáticas. De ellos salen las ninfas, larvas sin alas que respiran bajo el agua y son depredadoras desde el primer día: comen larvas de mosquito, pulgas de agua y renacuajos pequeños. Esta fase dura desde unas semanas hasta varios años, según la especie y la temperatura, y en aguas frías tiende a alargarse. Cuando llega el momento, la ninfa trepa por un tallo, la piel se abre por la espalda y sale el adulto, que espera unas horas a que se le endurezcan las alas.
Si veis en un junco una piel vacía, parda y con forma de libélula en miniatura, tenéis la prueba de que han nacido en vuestro estanque. El adulto vive pocas semanas, sobre todo entre mayo y septiembre. Cada ojo compuesto tiene hasta 30.000 facetas y le da una visión casi completa alrededor de la cabeza, y las cuatro alas se mueven por separado: puede quedarse quieto en el aire, retroceder y girar en seco. Con ese equipo, en los estudios hechos con libélulas se ha medido que acaban con más de nueve de cada diez presas que persiguen, mucho más que la mayoría de los depredadores estudiados.
Su apareamiento también es único del grupo. El macho agarra a la hembra por el cuello con las pinzas del final del abdomen, ella curva el suyo hasta un órgano del macho situado cerca de la base de su abdomen, y juntos forman en vuelo la figura de un corazón, la llamada rueda copulatoria. Si lo veis, no los molestéis: es normal y dura poco.
¿Controlan de verdad los mosquitos?
Ayudan, pero conviene no exagerar. Las ninfas comen larvas de mosquito en el agua donde nacen, y los adultos cazan mosquitos al vuelo. Un insecticida no consigue esa doble acción: suele afectar a una sola etapa y de paso mata a los depredadores. Si aplicáis un tratamiento contra mosquitos y las libélulas desaparecen, habéis eliminado a quien os hacía el trabajo.
Ahora el matiz. Las libélulas no comen solo mosquitos: cazan moscas, polillas y cualquier insecto que quepa en su cesta, y las cifras de mosquitos por día que circulan dependen de la especie y de cuántos haya. Tampoco trabajan de noche. Al atardecer pasan el turno a los murciélagos, que cazan sobre el mismo estanque, y entre unas y otros el aire queda vigilado las veinticuatro horas.
Lo que sí es cierto es que verlas es buena señal. Las ninfas no prosperan en agua con pesticidas, aceites o cloro, así que un estanque con libélulas suele tener agua sana, aunque eso no sustituye a un análisis. Y su ausencia no siempre significa contaminación: el estanque puede ser muy nuevo o tener peces que se coman las ninfas.
Cómo preparar un estanque que las atraiga

No hace falta un lago. Una charca de 1 m², con una zona de 40 a 50 cm de profundidad para que no se hiele hasta el fondo y una orilla en pendiente suave, basta para que las hembras pongan huevos. La pendiente deja además que erizos y pájaros beban sin ahogarse. Procurad que el sol le dé al menos 4 horas al día, porque las ninfas se desarrollan mejor con el agua templada, entre 18 y 25 °C.
Plantad especies de la zona: junco (Juncus effusus), lirio amarillo de agua (Iris pseudacorus) y un poco de lenteja de agua (Lemna minor) para dar sombra a la superficie. Lo que las ninfas necesitan son tallos donde trepar para salir del agua. La espadaña (Typha latifolia) también les sirve, pero en un estanque pequeño lo invade todo; metedla en una cesta sumergida. Llenad la charca con agua de lluvia mejor que con agua del grifo con cloro.
Y evitad tres cosas: los peces, que se comen las ninfas; cualquier producto químico en el agua o cerca; y la limpieza a fondo. En su lugar, a finales de verano sacad una parte de las algas y dejadlas un día en el borde para que los bichos vuelvan al agua. Una fuente de agua corriente atrae a los adultos, pero no sirve para criar: las ninfas necesitan agua quieta.
El truco de la libreta
En mis libretas llevo cuarenta años apuntando lluvia y heladas, y es la forma más segura de notar cuándo algo cambia. Haced lo mismo con el estanque: anotad cada año la fecha de la primera libélula. En pocos años sabréis cuándo sentaros a mirar, y si un año tardan mucho o no aparecen, os avisa de que algo ha pasado en el agua, por ejemplo un producto que echó un vecino.
El estanque en el norte húmedo y en el sur seco

En el País Vasco, con ciento y pico días de lluvia al año, el estanque se llena casi solo y el agua se mantiene fresca. El inconveniente es el mismo: con el agua fría y los cielos cubiertos, las ninfas crecen más despacio y los adultos salen más tarde, de junio a agosto, y solo vuelan en los ratos de claro, no con el sirimiri. En otoño las hojas caídas se hunden y se pudren, así que retirad la mitad con un rastrillo para que no falte oxígeno. En los valles del interior hay heladas: si se forma hielo, no lo rompáis a golpes, mejor derretirlo con un cazo de agua tibia.
En la España más caliente y seca el problema es el contrario. El agua se evapora deprisa y un estanque que se seca en julio mata a todas las ninfas. Reponed el nivel con agua de lluvia guardada, poned la charca en sombra parcial por la tarde y dejad más plantas en el borde. Así os dará libélulas la mayor parte del verano.
Para más ideas de fauna útil en el jardín, pasad por la sección de fauna e insectos.
Lo que más me preguntáis
¿Pican o muerden las libélulas?
No pican: no tienen aguijón ni veneno. Las grandes pueden pellizcar con sus mandíbulas si las cogéis, pero lo mejor es no manipularlas, porque las alas se dañan con facilidad. Mirad, fotografiad y dejadlas hacer su trabajo.
¿Puedo tener peces y libélulas en el mismo estanque?
Con dificultad. Los peces, incluso los pequeños, comen las ninfas, y en una charca de pocos metros no queda sitio donde se escondan. Si queréis peces, elegid un estanque grande con mucha vegetación; para controlar mosquitos no hacen falta, porque las propias ninfas comen las larvas.
¿Cuánto tardan en aparecer en un estanque nuevo?
Los adultos encuentran el agua nueva con rapidez si hay otros estanques o ríos a menos de un kilómetro, y es habitual ver alguno el primer verano. Las ninfas necesitan más tiempo para crecer, así que la primera generación nacida en vuestra charca suele llegar al año siguiente. No traigáis ninfas ni huevos de otros estanques: no hace falta y se pueden colar especies que no queréis.
— Maite, desde el caserío
