Si buscáis abonos caseros en internet, encontraréis cien recetas con levadura, cáscaras de patata, canela o ajo en polvo que prometen flores sin parar. La mayoría gasta tiempo y deja un olor raro en el salón, y alguna estropea la maceta. Casi todas se parecen en una cosa: mezclan un ingrediente que sí aporta algo con diez promesas que no se cumplen.
En el vivero aprendí a separar tres grupos: lo que alimenta de verdad, lo que alimenta muy poco y lo que no es abono aunque se use como tal. Aquí tenéis esa lista ordenada para una maceta o un huerto del norte, con las cantidades prudentes y las razones de cada veredicto.
Lo que sí alimenta
Una planta necesita sobre todo nitrógeno, fósforo y potasio, y los necesita en forma que las raíces puedan tomar. Un resto de cocina solo sirve si se descompone antes de llegar a la tierra, o si la tierra lo hace despacio y sin molestar.
Lombricompost y compost maduro

Son los únicos de la lista que alimentan de verdad, porque ya están descompuestos. En maceta, extended una capa de 1 o 2 cm sobre el sustrato cada dos o tres meses y regad encima; los nutrientes bajan solos con el agua. En un huerto, una paletada por planta al plantar basta para tomateras (Solanum lycopersicum) y puerros.
Para un frutal grande, como el manzano (Malus domestica) o el kiwi (Actinidia deliciosa), sirve enterrar los restos vegetales de cocina en un hoyo de 30 a 40 cm de fondo, a un palmo largo del tronco, y taparlo con tierra. Nada de carne ni lácteos, que atraen ratas. Es una versión lenta del compostador, y las raíces la encuentran solas.
Ceniza de madera y harina de huesos

La ceniza de leña sin tratar aporta potasio y sube el pH, es decir, vuelve el suelo menos ácido. En el huerto basta un puñado pequeño por metro cuadrado una vez al año, esparcido fino; nunca la echéis en hortensias, camelias o rododendros, que necesitan suelo ácido.
La harina de huesos libera fósforo muy despacio y no se disuelve en agua, así que de nada sirve removerla en una regadera. Mezclad una cucharada sopera con el sustrato al plantar o trasplantar. Guardad el saco cerrado: a los perros les encanta su olor.
Los restos de cocina: poco abono, mucho cuidado
Aquí está el engaño más habitual. Estos restos contienen nutrientes, pero en cantidades diminutas, y el problema nace de cómo se usan. En capas gruesas, mojados o fermentados crían moho y mosquitillas del sustrato. Si los mosquitos ya os visitan, mirad antes la categoría de plagas y enfermedades.
Posos de café, té y cáscaras de huevo

Los posos de café usados son casi neutros, con un pH cercano a 6,5; no acidifican nada, por mucho que se repita. Secadlos, mezclad un par de cucharadas con el sustrato de la maceta y no los amontonéis nunca. Con las bolsitas de té ocurre igual: abridlas, secad las hojas y mezcladlas con la tierra, o ponedlas en el compostador.
Las cáscaras de huevo enteras tardan años en soltar su calcio. Molidas a polvo fino ayudan algo, pero el efecto es pequeño y en suelos ácidos solo conviene si el huerto es de los que piden cal; la hortensia, desde luego, no la quiere. Para las cáscaras, el compostador es mejor sitio.
Agua de arroz, de lentejas y de cocción

El agua del lavado del arroz, el remojo de lentejas y el caldo de cocer verduras sin sal llevan algo de almidón y una pizca de minerales. Es agua con un extra mínimo, no un fertilizante. Úsala el mismo día o guardada en la nevera, nunca fermentada, porque huele y atrae mosquitillas. Un riego con ella no os hará daño, pero tampoco hará florecer nada.
La sal sí hace daño: el agua de cocer con sal quema las raíces y se acumula en la maceta. Lo mismo vale para el caldo de pasta.
Cáscaras de patata, batata y plátano

Hervir cáscaras de patata, o licuar una batata o un plátano con agua, da un líquido turbio con azúcares y algo de potasio. Pasadas unas horas fermenta. Tiene un valor pequeño y no repele plagas, aunque la receta lleve unos clavos de olor. Si queréis aprovechar esas cáscaras, al compostador, que las convierte en abono estable en pocos meses.
Levadura, azúcar, hierro y vinagre
La levadura y el azúcar no son abono. Alimentan microorganismos, y estos, para crecer, toman nitrógeno del suelo en lugar de darlo. La levadura tampoco aporta «vitaminas» que la planta necesite: las plantas fabrican las suyas. Si sentís curiosidad, probad con una sola maceta: una cucharadita de azúcar y media de levadura seca en un litro de agua tibia, dos horas de reposo, y riego al sustrato, nunca a las hojas. Dejad otra maceta sin tratar para comparar.
Agua con hierro oxidado

Clavos oxidados en agua durante uno o dos días sueltan cantidades minúsculas de hierro que casi no se disuelven. Lo que de verdad ayuda a una planta con clorosis férrica (hojas amarillas con los nervios verdes) es un quelato de hierro, que se vende en cualquier centro de jardinería y se dosifica según el envase. En el norte, con suelo ácido, esa carencia es rara: si veis hojas amarillas, mirad primero el exceso de riego.
Vinagre en el agua de riego

Una cucharada de vinagre en 4 L baja un poco el pH del agua, solo durante unos días. Sirve de apaño puntual si regáis con agua dura. El remedio de verdad es el agua de lluvia, gratuita y sin cal, que en mi valle cae unos ciento y pico días al año. Un barril bajo el canalón hace más por las hortensias que cualquier receta.
Remedios que no son abonos
Hay un último grupo que circula como «abono» y ni siquiera lo es. La canela en polvo tiene cierta acción contra el moho sobre un corte fresco de esqueje, pero no estimula el crecimiento ni «mejora la inmunidad». El gel de aloe y la miel como enraizantes casi no tienen respaldo, aunque no hacen daño. La aspirina, con su ácido salicílico, solo ha mostrado efectos preliminares en laboratorio. El ajo en polvo, el almidón de maíz y las pastillas de vitamina B no fertilizan nada y no controlan plagas ni hongos. Hervir cáscaras de naranja tampoco acidifica ni nutre. Dejadlos en la cocina.
Con lluvia, el abono se lava
En el norte hay un problema que las recetas de otros climas ignoran: las macetas del balcón reciben tanta lluvia que los nutrientes se lavan en pocas semanas, y los restos orgánicos sin descomponer se enmohecen. Por eso conviene abonar poco y a menudo, siempre con productos ya estables como el compost, y con la maceta bien drenada.
En la España seca ocurre lo contrario: el riego con agua dura sube el pH poco a poco y el compost se agota antes. Allí el agua de lluvia recogida es todavía más valiosa, y un acolchado de corteza protege el abono del sol.
El truco de la libreta
En mis libretas tengo apuntado cada abonado con la fecha, la planta y la cantidad. Probad un solo remedio por vez, esperad entre tres y cuatro semanas y anotad si la planta ha cambiado. Con dos remedios a la vez nunca sabréis cuál fue.
Lo que más me preguntáis
¿Cada cuánto puedo abonar las plantas de interior con estos productos?
Con compost o lombricompost, cada dos o tres meses en primavera y verano; en otoño e invierno, nada. Con cualquiera de los líquidos caseros, no más de una vez al mes, y siempre sobre tierra húmeda.
¿Valen los mismos abonos para el huerto que se come?
El compost maduro y la ceniza, sí. Los líquidos fermentados no, porque no conviene regar con ellos hojas que luego vais a comer, y menos aún si no estáis seguros de lo que han tenido.
¿Por qué me salen mosquitillas negras en la maceta?
Casi siempre es exceso de humedad más materia orgánica fresca en superficie. Quitad los posos o las cáscaras, dejad secar los dos centímetros de arriba y regad menos.
— Maite, desde el caserío
