Cada otoño, cuando caen las hojas y los troncos quedan al descubierto, alguien se para junto a mi huerta con cara de susto. Señala las costras grises, verdes o amarillas de un manzano y pregunta qué moho es ese. En el caserío llueve ciento y pico días al año, y los líquenes en los árboles son tan normales como el musgo en las piedras del camino.
Tranquilizaos: casi nunca es una enfermedad y casi nunca hace falta tratarla. Os cuento qué es exactamente un liquen, por qué le va tan bien el clima atlántico, en qué casos sí conviene mirar el árbol con más atención y por qué la mejor medicina suele ser no tocar nada.

Qué es un liquen y por qué no ataca al árbol
Un liquen no es una planta ni un hongo a secas. Es una sociedad de dos seres vivos: un hongo que da la estructura y un alga microscópica que fabrica el alimento con la luz, igual que una hoja. Juntos forman esas láminas, costras o barbas que veis en la corteza. El alga cocina y el hongo hace de casa y retiene el agua.
La clave está en lo que no necesita. No tiene raíces ni penetra en la madera viva. Se agarra a la capa más externa de la corteza, que es tejido muerto, y toma el agua y los minerales de la lluvia, la niebla y el polvo del aire. El árbol solo le presta una superficie, como una pared a un cartel.
Por eso no es un parásito. Un parásito vive a costa de su huésped, y el liquen no le quita ni savia ni nutrientes. Tampoco es lo mismo que el musgo, aunque a menudo crecen juntos: el musgo es una planta verde, blanda y esponjosa; el liquen es más seco, más duro, y suele ser gris, amarillo anaranjado o verde pálido.
Hay tres aspectos habituales. Los costrosos parecen pintura pegada al tronco. Los foliáceos forman hojitas planas, como el amarillo anaranjado de la Xanthoria parietina. Los fruticulosos cuelgan en barbas, como la Usnea, y se ven sobre todo en ramas de robles y de frutales viejos.
Por qué abundan tanto en el norte

Un liquen solo crece cuando está húmedo, y lo hace muy despacio: algunas costras ganan apenas unos milímetros al año. Con llovizna constante, nieblas de valle y días nublados, el norte de España es su paraíso. Cuando aparece el sol, se secan y se quedan en pausa, a la espera de la siguiente lluvia.
Esto explica algo que veo cada invierno. Los troncos orientados al norte, donde la corteza tarda más en secarse, tienen más liquen que los orientados a mediodía. En mis libretas tengo apuntado que los inviernos más lluviosos dejan las ramas finas de los ciruelos casi forradas de barba gris al llegar la primavera. No es que el árbol enferme: es que le ha llovido mucho.
Mi amona Begoña decía que un frutal con barbas era un frutal viejo y bien plantado, y no iba descaminada. Un árbol joven tiene la corteza lisa y renovada, y el liquen encuentra poco donde agarrarse. Uno de veinte o treinta años, con la corteza más rugosa, ofrece mucho más terreno.
Si vivís en zonas más secas y cálidas, como el interior de la Meseta o la costa mediterránea, veréis menos líquenes y más pequeños, porque pasan muchos meses sin humedad suficiente. No es una señal de que el árbol esté mejor o peor: es el clima.
Lo que sí puede indicar: mirad el árbol, no el liquen
Se repite mucho que los líquenes son prueba de aire limpio, y hay algo de verdad. Los fruticulosos como la Usnea y muchos foliáceos son muy sensibles al dióxido de azufre y desaparecen donde el aire está cargado. Pero la imagen es más matizada: algunas especies, como la Xanthoria, toleran bien los compuestos de nitrógeno que llegan de los tubos de escape y del abonado intensivo. Un tronco amarillo no os dice mucho; una rama llena de barbas, bastante más.
Donde conviene fijarse es en un caso concreto. Cuando un árbol pierde vigor, echa menos hojas y su copa se aclara. Entra más luz hasta las ramas, y los líquenes aprovechan para extenderse. El liquen no es la causa: es el síntoma visible de que algo ocurre. Si veis mucho liquen y además alguna de estas señales, mirad el árbol con otros ojos:
- Ramas secas en la parte alta de la copa que no brotan en primavera, o hojas más pequeñas y escasas que otros años.
- Corteza que se levanta en placas, con grietas hundidas o manchas que supuran un líquido oscuro.
- Setas o repisas duras, parecidas a una oreja de madera, en la base o en el tronco, que indican pudrición interior.
- Una película negra y hollinosa en hojas y ramas, que es fumagina: un hongo que crece sobre la melaza que dejan los pulgones.
Ninguna de estas señales las provoca el liquen. Si aparece una, buscad la causa real: encharcamiento en suelo arcilloso, una poda mal hecha, pulgones sin controlar o una herida vieja. Y si dudáis ante un árbol grande y valioso, que lo vea un técnico de vivero o de jardinería de vuestra zona. En la sección de plagas y enfermedades iré dejando guías para cada una de estas señales.
Quién vive entre los líquenes

Una costra de liquen es un pequeño mundo. Entre sus pliegues se refugian ácaros, colémbolos, arañas diminutas y larvas de insectos que casi no se ven. A su vez, esos bichos son comida para aves insectívoras: el trepador azul y el agateador común recorren los troncos en espiral y rebuscan en cada grieta, sobre todo en invierno, cuando escasea el alimento.
Algunas aves usan el propio liquen. El pinzón vulgar y el mito común, esa pequeña bola de plumas con cola larga, lo emplean para forrar el exterior de sus nidos. Con él, el nido se confunde con la rama y es más difícil de ver para los depredadores. En la ladera lo he comprobado al podar: los nidos viejos que se caen del manzano llevan el mismo gris verdoso que la corteza.
Si queréis ayudar a las aves del jardín, empezad por dejar los líquenes en paz. Un tronco limpio y pelado es un tronco sin despensa.
Qué hacer y qué no hacer con los líquenes
Lo más sensato es no hacer nada. Aun así, hay tentaciones que conviene evitar, porque causan daño real:
- No raspéis la corteza con cepillo duro, espátula ni rasqueta. La capa viva queda justo debajo de la superficie muerta, y una herida abre la puerta a hongos de pudrición.
- No apliquéis productos caseros ni fungicidas sobre el tronco. No hay nada que tratar, y lo que esté sin autorizar para uso no profesional puede dañar el árbol, a la fauna y al suelo.
Si lo que os molesta es el aspecto, la solución está en el árbol y no en el liquen. Una poda de aclareo que deje entrar el aire y el sol seca antes las ramas y frena la humedad persistente que tanto le gusta al liquen. Hacedla en reposo, de diciembre a febrero, y quitad primero la madera seca, la cruzada y la que crece hacia dentro.
El truco de la libreta
Anotad o dibujad en una libreta el tronco de cada frutal en dos fechas fijas: a mediados de noviembre y a finales de marzo. Si la mancha de liquen sigue igual de grande y la copa brota con ganas, no hay nada que hacer. Si en un año el árbol echa menos hojas o la corteza se levanta, ya tenéis una comparación para saber que el problema es otro, y lo detectáis a tiempo.
Lo que más me preguntáis
¿Los líquenes se pueden pasar de un árbol a otro y afectar a mis frutales?
Se extienden por fragmentos y por esporas, así que pasan de un árbol a otro con facilidad, sobre todo con viento y lluvia. Pero no son contagiosos en el sentido de una enfermedad: no dañan al frutal que colonizan. Mientras la copa esté vigorosa y dé fruta con normalidad, no tenéis por qué preocuparos.
¿Puedo recoger líquenes caídos al suelo tras un temporal?
Podéis hacerlo sin problema. Las barbas que arranca el viento ya están muertas o a punto de secarse, y recogerlas del suelo no daña el árbol. Yo las dejo al pie del tronco, o en una esquina del jardín, porque sirven de material de nido a los pájaros en primavera.
¿Por qué hay líquenes en unos árboles de mi jardín y en otros no?
Depende de la edad del árbol, de la rugosidad de la corteza, de la humedad y de la luz que reciba. Un nogal o un roble viejo ofrecen una corteza áspera y ácida que acoge muchos líquenes; un cerezo joven, de corteza lisa y brillante, apenas los retiene. Los troncos más sombríos y orientados al norte siempre tienen más.
— Maite, desde el caserío
